En tierra kazaja, pienso instalar mi dictadura del placer,
mandaré construir una inmensa mansión y una aldea que merodee.
Éste landia se asienta sobre cien millas de tierra fértil,
y el suelo es todo musgo, no se avista nada duro,
los árboles hacen llover, caer desde las puntas de sus hojas,
litros de sangre de cordero.
Mi mansión es de plata y soleada, y ahí desde donde mis siervos,
bajo el yugo del amor, están atados por linaje.
En invierno la tierra vive, emanan leche los humedales,
aparecen plantas que pintan paisajes,
reaparece la cosecha, las flores que cuelgan, las lianas, los cactus del tamaño de un coyote.
Los niños corren muy despacio y aprenden a nadar con los animales de la mano,
las mujeres aparecen de pronto por el profundo bosque, te eligen y te casan consigo.
Se van, cuando vuelven a meterse en el profundo bosque, ya mayores. Son mujeres altas
morenas y con la tez oscura y los ojos de china y el pecho grande y con su eterna curva.
El frio, el aire seco congela y agrieta la universalidad,
nada te protege del ruido del viento, es dura la vida en Kazajland.
Los rinos, los vatros y todos los vienedés mudan sus pieles gruesas en otoño
para nuestro resguardo, piden a cambio sólo amor en ésos duros meses.
Así dos mil años siguiendo la doctrina del chamán, gran kahn de ésta llanura.
Lo que se bebe es el te de Guirmat, produce mas visión que las flores verdes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario