"Es inevitable: hacia los treinta años, en medio de los nervios juveniles que aún perduran, aparece la primera linea helada de congelación sobre las mas altas cimas de nuestra alma. Llegan a nuestra experiencia las primeras noticias directas del frío moral. Un frío que no viene de fuera, sino que nace de lo mas íntimo y desde allí envía al resto del espíritu un efecto extraño, que mas que nada se parece a la impresión producida por una mirada quieta sobre nuestra persona.
No es aún tristeza, ni es amargura, ni es todo melancolía lo que suscitan los treinta años, es la Bohemia de la vida. Un imperativo de verdad y una repugnancia atrayente hacia lo fantasmagórico. Por eso, es la edad en que dejamos de ser lo que nos han enseñado, lo que hemos recibido de la familia, de la escuela, o cualquier lastre parecido.
Nuestra voluntad gira en redondo, hasta entonces habíamos querido ser lo que creíamos mejor: el héroe que la historia ensalza, el personaje romántico que la novela idealiza, el justo que la moral recibida nos pone como norma. Ahora, de pronto, sin dejar quizá de creer que todas esas son para el resto las mejores, empezamos a querer ser nosotros mismos, dándonos cuenta de nuestros nefastos defectos. Queremos ser, ante todo, la verdad de lo que somos, no un rubor de lo que nos dijeron que teníamos que ser de pequeños. Y muy especialmente nos resolvemos a poner bien en claro qué es lo que sentimos del mundo. Nos surge a algunos el auténtico pensamiento crítico tan necesario, y tan poco probable; rompiendo entonces sin conmiseración la costra de opiniones y pensamientos recibidos, interpelamos a cierto fondo insobornable que es el morir."
José Ortega y Gasset. "El espectador"
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